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Un regalo de Navidad

Escrito por El Malvado Acidonitrix , Miércoles 31 de Diciembre de 2008
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Archivado en: Vida cotidiana

Un cuento de navidad, para aplicarse el cuento. Aparentemente empalagoso, pero no, para nada.

Supongamos (es un poner) que se inventa un artefacto capaz de llevar un átomo de un sitio a otro sin pasar por ningún punto intermedio. Es decir, se teleporta un átomo. Lo coge de tu mesa y un instante después está a mil kilómetros, y durante el intervalo no ha estado en ningún otro sitio.

Imaginemos que, a continuación, la informática avanza lo suficiente como para que se acreciente la potencia de cálculo y la capacidad de almacenamiento hasta extremos inauditos, de forma que podamos anotar cada átomo de tu ser, apuntar cuál es su posición relativa, y mandarlo a un sitio molón. No sé, hum... venga, la azotea del Empire State. No es un mal lugar para estar. Unas cuantas películas inciden en lo romántico del emplazamiento. Allí, en la azotea, un artefacto similar recoloca átomo a átomo todo tu ser, cada cosa en su sitio. Todo esto muy rápido.

¿Para qué perder tanto tiempo en decir "máquina de teleportar"? Porque, en realidad, esto no es más que una excusa para hacerte pensar y llevarte de la mano por un camino sinuoso. Para eso hay que descomponerse en piezas, una a una, y no dejarse nada por el camino. Perdón por el inciso. Volvamos a lo nuestro. Todo tu ser ha sido teletransportado en un abrir y cerrar de ojos, y ahora me gustaría que te respondieras a ti mismo la siguiente pregunta:

¿Eres tú la persona que está allí, en la azotea del Empire State?

Si la respuesta es sí, no tienes alma. Si la respuesta es 'no', tal vez creas que eres algo más que un 70% de agua (quizá esta noche un 68%), carbohidratos, sales y unos cuantos metales. Por supuesto, esto no deja de ser un ejercicio. Pero si eres pura física y química, el alma no te acompaña en tu viaje, porque, por definición, no es nada físico. Si la persona que ha llegado a la azotea del Empire State es plenamente tú mismo, una copia exacta, no hay alma. Lo cierto es que hay gente que respondería que el alma te sigue, que está en el cielo, etc. Pero toda esta historia de la teleportación es un truco para plantear preguntas. Ahora mismo, el asunto del alma no me preocupa lo más mínimo.

Tal vez la pregunta que debas hacerte es si todo tu ser es química y cuatro gotas del contrato social de Rousseau. Hay gente que lo piensa. Hay gente muy radical que piensa lo contrario, que el mundo tiene 6.000 años y que no descendemos del mono, que Darwin es un comunista, que los homosexuales no se pueden casar, etc, etc. Entre medio, hay un montón de gente corriente, con ciertas dudas honestas, bastantes incertidumbres y ciertas creencias firmes.

En cualquier caso, la pregunta era si eres pura química o no. Si eres pura química, y todo son hormonas, señales eléctricas, fenotipos egoístas, conflictos de intereses y cosas por el estilo, ¿el amor que sientes por tus seres queridos es algo así de prosaico? Una vez conocí a alguien que así lo pensaba.

¿El amor que sienta por la mujer de mi vida tiene algún mérito? ¿Es, de hecho, algo especial? ¿Acaso existe o es como cualquier proceso corporal, es decir, semejante a una enfermedad? Si es algo tan trivial, ¿qué más da que le atice una paliza a esa reacción química de mi vida? ¿O que le engañe? ¿Acaso la infidelidad es como quitar windows y poner ubuntu?

En fechas como estas es posible preguntarse estas cosas. Rodeado de gente que te aprecia, y no sólo está sugestionada por una campaña comercial, (que también). No creo que llegues a ninguna respuesta taxativa sobre la teleportación, el alma, el creacionismo, ni nada. No era este el propósito de la nota.

La pregunta era: ¿Eres tú la persona que está allí, en la azotea del Empire State? ¿Eres pura química? Puedes mirar a los ojos de alguien querido mientras lo piensas. No hay que responder. De hecho, he cerrado los comentarios. Feliz 2009. Mucha suerte. Va a ser un año muy duro. Tal vez te sirva de ayuda pensar que quizá no eres química, aunque tampoco sepas qué es eso otro.


Postdata: hablábamos de algo parecido hace dos años. Axiomático, de Greg Egan.



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